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¿Ayudas a los demás o intentas «resolverles» la vida?

Buenos días, ¿cómo estás?

Yo hoy, escribiendo esto, me siento muy conectada con una parte de mí que durante muchos años, se ha sobreesforzado muchísimo por complacer las necesidades de los demás por encima de las suyas propias en busca de reconocimiento, valoración, afecto y pertenencia.

Me costó darme cuenta de ello porque me convencí a mi misma de que eso era «LO CORRECTO» y era incapaz de salir de ese patrón de comportamiento porque EL MIEDO se apoderaba de mí.

Hoy en día, he logrado llegar a un punto en el que soy (a veces en el momento y a veces después) más consciente de cómo mi cuerpo se comunica conmigo en esas ocasiones en las que, observo las necesidades de los demás o me piden algo concreto y mi miedo despierta llevándome rapidamente (si no pongo atención en ello) a una reacción automática que tiende a querer «RESOLVER» la vida de los demás, en lugar de darme el tiempo y espacio que yo necesito para valorar la situación y tomar la decisión consciente y libre de prestarle a esa persona  AYUDA (no resolución), donde mis necesidades también sean tenidas en cuenta y donde dejo espacio a que sea la otra persona, quien tenga la oportunidad de desplegar sus propios recursos.

Hoy quiero invitarte a reflexionar en ello a través de un cuento budista, que aporta mucha claridad, según mi criterio, a la diferencia entre AYUDAR a alguien y RESOLVERLE LA VIDA.

«EL SABIO Y LA MANZANA»

Cuentan que un sabio explicaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre la entendían.

“Maestro”, le dijo uno de ellos una tarde, “Tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado”.

“Pido perdón por eso”, se disculpó el maestro. “Permíteme que para enmendar mi error te invite a comer una rica manzana”.

“Gracias maestro”, respondió el alumno.

“Quisiera, para agasajarte, pelarte la manzana yo mismo. ¿Me permites?”

“Sí. ¡Muchas gracias!”
.
“¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te la corte en trozos para que te sea más cómodo?”, le preguntó seguidamente el sabio.

“Me encantaría, pero no quisiera abusar de tu generosidad, maestro”.

“No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte.

Permíteme también que te la mastique antes de dártela.”

Y el alumno, con cara de asco, gritó nervioso: “¡No maestro! ¡No me gustaría que hicieras eso!”

El sabio hizo una pausa y concluyó: “Si yo os explicara el sentido de cada cuento, sería como daros de comer una fruta masticada.”

¿Te apetece compartir conmigo alguna situación donde te has sentido reflejado con ello?

Estaré encantada de leerte y responder a tu email.

¡FELIZ SEMANA!

Logotipo Elena Dieguez

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